Qué mal que está el país que para el Sí! de Clarín "The Osbournes" es un programa genial.

        

       

 

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  MÚSICA

Pequeña Orquesta Reincidentes.
LA ORQUESTA QUE REINVENTÓ EL ROCK NACIONAL.
Por Oscar Papa, exclusivo para dulatina.com

El rock nacional es adolescente. Le cuesta encontrar su identidad. Se mueve casi siempre por los caminos de la imitación. Muy cada tanto un artista rompe el molde y va más allá: crea un sonido propio, marca tendencia, conmueve al auditorio con armas genuinas, cambia la historia. El Spinetta de los '70, los Redonditos a lo largo de 20 años de trayectoria y Sumo -ese espasmo minimalista que le hizo un gran fuck you gran al pop ochentoso- son o fueron ejemplo de eso.

¿Y en los noventa? Ay, cómo cuesta encontrar un rara avis en el rock argentino del menemato. Algunos estuvieron cerca de quedarse con el título. Quizás Los Visitantes en sus primeros discos, tal vez -gustos aparte- Los Piojos o La Bersuit en sus picos de creatividad. Pero no les alcanzó. Para otorgar el mote de artista o banda original, inspirada y hacedora de escuela en los últimos diez años, hay que buscar un poco mas abajo, lejos del bullicio de los estadios y los rankings de las FM. Consciente de exponerse a una lluvia de tomatazos virtuales, uno puede jugarse y decir de una buena vez que esa banda es la Pequeña Orquesta Reincidentes.

Los tipos no nacieron de un repollo, claro. En sus primeros pasos suenan las reverberancias del pop oscurito de los 80 (The Cure, Joy Division, Nick Cave & the Bad Seeds) y, más cerca en el tiempo, la influencia de Charly García -en cuanto al concepto de canción simple y melodiosa-, The Doors y Tom Waits. Muchas, ¿no? Sin embargo, acá hay algo más: un cóctel molotov hecho de armonías tangueras, sonoridad artesanal, letras preciosistas y belleza tristona. Músicos esmerados, pero no virtuosos. Cantantes -casi todos cantan- que se suben a las historias que encarnan con credibilidad actoral sin estridencias ni compadrerías propias de un popstar. Elegantes, de traje riguroso tanto para entonar un tango hecho y derecho ("Tesoro", por ejemplo) como para sacudir los instrumentos y gritar la letra filosa de un candombe darkie ("Negro").

La sobriedad que los Reincidentes pasean sobre los escenarios no es impostada. Toma forma de humildad en el trato mano a mano con la gente, antes o después de cada show. Y los obliga a buscar lugares cómodos y cálidos para ver y escuchar -sobre todo, lo segundo- cada gesto y cada acorde sin tener que lidiar con la masa sudorosa inevitable en todo recital de rock. Así van circulando en un periplo que los lleva del Club del Vino a La Trastienda o a un teatro intimista de La Plata o Rosario, con regularidad puntual.

En una época donde -parece- no queda mucho por decir, las canciones de la Orquesta desmienten con desfachatez la profecía autocumplida de la cultura posmoderna. Mientras García se debate en confesiones inconsistentes acerca de su soledad de artista incomprendido y ególatra, Iván Noble agota su repertorio de amores noqueados y queja política en lunfardo modernoso y Fito Paez cuenta la historia de su vida en formato de folletín sonoro no siempre logrado (por citar solamente a los letristas argentinos que ascendieron a la categoría de vacas sagradas), los Reincidentes apuestan al giro inteligente, el amor por el idioma, la metáfora medida, un toquecito de profundidad filosófica, la abundancia de imágenes y, sobre todo, la fuerza de una buena historia.

Por eso transmiten como nadie la opinión de la rutina laboral del oficinista ("El plato del día"), el olvido del que se fue del pueblo y descubre a su regreso que lo perdió todo ("Joselito"), la fatalidad de unos amores condenados al fracaso ("Pretty puta sirenita") o la fantasía de patear el tablero y convertir una reunión de amigos en una masacre ("Cruz"), todo en tres minutos y con el vértigo de un buen cuento o un gran cortometraje.

Y esa falta de prejuicio para jugar con los sonidos... A la formación habitual de los últimos años -contrabajo, batería, mandolina, bajo, guitarra eléctrica, piano, acordeón y voces-, se agregan timbres impensados. Trombón, saxo, trompeta, pero también llanta de bicicleta, escobillas, serruchos y chapas de cinc. Y con los ritmos, que recorren desde la cadencia del folk europeo hasta la cumbia (!) pasando por la milonga, el jazz, el vals, la balada y (¿faltaba algo?) el pop cuadrado de los '80.

"Negro, sacame a esta gente de casa, negra, llenaste las ollas de miedo, negro, no metás los pibes en esto, negro, ¿de dónde sacaste? ¡Bang, bang, bang!", canta Juan Pablo fernández con voz entre canyengue y nerviosa. Al rato, Guillermo Pessoa susurra versos alejados del realismo social: "Conozco un atajo hacia el mar, me dijo una niña al pasar, dejé mis huesitos, mi sangre y mi piel, y tras ella me fuí". En cambio, Rodrigo Guerra desgrana imágenes como sacadas de un sueño tortuoso de Robert Smith. "Los besos del asfalto, te están pintando la cara", entona con tono grave y tembloroso mientras acaricia el contrabajo en "Crack".

Y sin embargo, el cóctel no es incoherente. Tiene el sabor agrio de la derrota, la consistencia confiable de las amistades fieles y el aroma envolvente del vino añejo.
¿Suena tentador? La verdad es que vale la pena probarlo.
JULIO 2003.

En el Festival Tribulaciones

Saludando al público

Filmando su último video

Discografía:
Tarde (1994).
Nuestros años felices (1996).
¿Qué sois ahora? (1998).
Pequeña Orquesta Reincidentes (2000).
Mi suerte (2001).

Página web: www.reincidentes.com.ar

Ojo, si no ponés el .ar, entrás a la página de una banda española que es una porquería.
La de la Pequeña Orquesta tiene de todo, incluso fragmentos de algunas canciones.

 

 

 

 
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