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Histórico: a diferencia de
El Eternauta, no cayó “no-nieve”.
Cayó “si-nieve” después de 89 años en Buenos Aires.
09-07-07: EL DÍA DESPUÉS DE AYER
por Diego Fadrique. Especial para dulatina.com
No hubo aviso. Pasó y pasó. No, lo único que falta es que
empiece a caer nieve y justo en Buenos Aires, ciudad donde hace
89 años no caía ni un copito (ni hablemos del Gran Buenos
Aires). No sé qué encanto tiene la nieve que, a diferencia de
otros fenómenos climatológicos, crea una sensación de sorpresa,
más en aquellos lugares donde casi nunca nieva. Y uno se queda
mirando caer esa cosa blanca como diciendo “loco, no puede
tardar tanto en caer”, exactamente como no haber visto nunca la
lluvia y decir “loco, se está mojando todo”.
El pronóstico estaba acertando
bastante. Era la semana más fría de los últimos 20 años, ni más
ni menos. Va a hacer tanto frío que te va a molestar hasta el
alma. Pero para que caiga nieve… ha hecho mucho frío pero para
que caiga nieve…
Nueve de la mañana, cielo gris plomizo. Iba cayendo algo del
cielo con forma blancuzca. Descartado que sea ceniza volcánica
porque cerca no tenemos volcanes, sacamos la conclusión que es
aguanieve. ¿Aguanieve? Me acuerdo cuando hice la colimba en el
sur, donde ví por primera vez el aguanieve, que me resultaba curioso escuchar el pronóstico en la radio
cada vez que decía “probabilidad de ceniza volcánica”. Voy a la
parada del colectivo y en el suelo caía esa aguanieve y se
desintegraba cada vez más despacio al tocar la superficie. Era
feriado y algo hacía notar que no iba a ser otro feriado normal.
Veías a la gente como contenida, sin poder creer que dentro de
un rato se puede largar no una lluvia, sino una nevada. ¡¡Una
nevada en Buenos Aires!!
Estaba en el shopping más
grande de Moreno con unos amigos pidiendo algo para comer cuando
a eso de las tres de la tarde los “mirá, boló, ¿es nieve?” se
empezaron a multiplicar, la gente empezó a arrimarse a los
grandes ventanales y nadie quería entender nada. Sí, así como lo
escribí. Nadie quería entender nada, no que nadie entendía nada.
Todos se dejaban llevar por el asombro de lo que en ese momento
estaba cayendo casi a baldazos. Los chicos hacían culipatín en
las bajadas de la autopista Gaona, muchos agradeciendo tener
pilas en sus cámaras y memoria en sus telefonitos sacándose
fotos en los autos cubiertos de blanco. Algún que otro
despistado diciendo “che, es cierto, en TN apareció como noticia
urgente”. Y yo maldiciendo que me hayan robado la cámara en el
anterior trabajo. Ah, no sé, igual me saqué fotos, ¿eh?
Y no paraba. Siguió hasta a eso de las nueve de
la noche. No lo llegué a disfrutar bien porque tuve que
trabajar, pero desde la ventana seguía viendo sin entender cómo
en Buenos Aires llegó el día después de mañana. Siempre aparece
el amargo que dice “esto no era nieve” o “la gente se muere de
hambre y estos festejan que cae la nieve”, pero la ocasión
ameritaba para no bajarle los dientes. Era inevitable no mirar
para arriba y sentir cómo caía la nieve, aunque molestaba un
poco cuando entraba en el ojo, pero bueh. Pasadas las once, el
cielo se despejó por completo y había quedado ¡¡nieve en el
pasto!! Era también inevitable resistir a la tentación de hacer un
bollito con la paupérrima nieve que había quedado en el poco
pasto que hay en la estación de Moreno, sentirlo en la mano un
rato (no mucho, porque estaba lógicamente frío) y tirarlo a la
calle para ver cómo se desparrama. Sí, es una pavada, una chiquilinada, pero los que nunca vimos nieve en nuestras vidas,
era algo que fascinantemente no podíamos evitar.
No sé qué encanto tiene la nieve, pero a muchos de nosotros nos
hizo volver a ser chicos. Era algo muy extraño comprar el diario
y ver las crónicas de lo que fue el día anterior a hoy, las
fotos, el Clarín que pronosticaba nevadas para mañana, más por
esperanza que por realidad, la emoción reflejada. Y no poder evitar una pequeña
lágrima de saber que viviste un día histórico. Que ahora somos
muchos menos los que no vieron nieve en su vida.
Que se repita.
JULIO 2007.
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