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UNA NOCHE EN UN BOLICHE SWINGER
Por Juan Carlos Petruzza
exclusivo para dulatina.com

Linda música. Cool, digamos. Luz tenue. Una barra iluminada de blancos y azules. Mesitas acá y allá. Al fondo, cómodos sillones alrededor de una mesa de pool que nadie usa. Piso de parquet. Una escalera que, escalones abajo, lleva a los baños que de tan impecables dan ganas de quedarse a tomar un trago ahí. Más sillones. Cortinas rojas. Meseras bonitas y amables. Copetines caros. Señoras y señores: bienvenidos a la aventura. Entramos a un boliche swinger.
Nada hace presagiar que ahí mismo, en cuestión de un rato, todo el mundo va a transformarse en protagonista de las escenas de una porno en vivo y en directo. A eso de las dos, unas pocas parejas ocupan las mesas y la barra, se charla animadamente, pero cada quien con su acompañante. No hay miradas ni acercamientos. Algunos muchachos solos deambulan, vaso en mano, acomodándose la camisa frente al espejo que cubre el frente de la pista.
Suenan Red Hot Chili Peppers, Jamiroquai, todo así. Un poquito de electrónica y (¡esto es el paraíso!) cero cumbia. En la barra una chica tiene calor. Se queda sin remera. El corpiñito blanco brilla a la luz blanca. Baila sensualmente entre dos amigos que no tienen problema alguno en compartirla. 
Cerca de las tres ya hay unas 150 personas. Matrimonios aburridos de la rutina que pasaron los "tacuarembó", veinteañeros, chicos torneados a fuerza de gimnasio, chicas como para la contratapa del diario Popular. Y otros/as que moldearon sus formas sobre la base de panchos y medialunas. Hay de todo, bah. 
De pronto el silencio. La música desaparece y una locutora anuncia el show. Ahora suena un clásico "streapteasero" de Lenny Kravitz. Nada que valga más de dos líneas: una chica desbordante de carnes que se desnuda, un tipo musculoso que también, algún jueguito erótico con voluntarios del público (la chica del corpiño blanco no se hace rogar) y un simulacro de (ejem...) coito que desde ciertos ángulos se ve bastante real. 
El show es como una invitación. En otros boliches suena la sirena sobre el hit de moda para empujar a los danzarines a la pista. En los cumpleaños de quince, el vals es el prólogo obligado para el carnaval carioca. Y en este lugar endemoniado, pasa algo así. La gente toma el show como el empujón que los lleva no precisamente a las pistas, sino a los reservados.
Ahora sí se ve para qué estaba la mesa de pool. Una dama es atendida ahí mismo por tres señores más que serviciales. En los sillones la ropa desaparece de a poco y se arma una guerra de todos contra todos. En cuestión de minutos, el lugar ya es Sodoma, Gomorra, la Roma de Nerón, Babilonia, Garganta Profunda y Las Colegialas se Divierten, todo junto y a la enésima potencia. Bueno, es que de eso se trata, ¿no? 
A las cinco todavía quedan algunos rezagados haciendo ejercicio. Otros prefieren reponerse en la barra con un daikiri. Afuera todavía es noche y hace un frío... No hay nada que hacer: el mundo anda loco, loco, loco.
JUNIO 2003.

 

 
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Buenos Aires, Argentina